El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sire —dijo Blacas, que por un momento tuvo la intención de confiscar a Villefort en provecho propio—, me veo forzado a deciros que lo que me inquieta no son simples rumores desprovistos de todo fundamento, simples noticias en el aire. Se trata de un hombre de buen juicio, que merece toda mi confianza, y que tiene el encargo por mi parte de vigilar el Mediodía (el duque dudó al pronunciar estas palabras), que llega en silla de posta para decirme: «Un gran peligro amenaza al rey». Entonces, he venido corriendo, Sire.

—Mala ducis avi domum —continuó Luis XVIII anotando.

—¿Vuestra Majestad me ordena no volver a insistir sobre este asunto?

—No, mi querido duque, pero extienda el brazo.

—¿Qué brazo?

—El que usted quiera, ahí, a la izquierda.

—¿Aquí, Sire?

—Le digo a la izquierda y usted busca a la derecha; es a mi izquierda donde quiero decir; allí; ya está; deberá encontrar el informe del ministro de la Policía, con fecha de ayer… pero, ¡vaya! Aquí está el señor Dandré en persona… ¿no es lo que dice? ¿El señor Dandré? —interrumpió Luis XVIII, dirigiéndose al ujier que venía, en efecto, a anunciar al ministro de la Policía.


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