El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Nos escriben de Janina
Franz había salido de la habitación de Noirtier tan trastornado y tan perdido que incluso Valentine sintió piedad de él.
Villefort, que no había articulado más que algunas palabras sin sentido, retirándose después a su gabinete, recibió dos horas más tarde, la carta siguiente:
Después de lo que me ha sido revelado esta mañana, el señor Noirtier de Villefort no puede suponer que una alianza sea posible entre su familia y la del señor Franz d’Épinay. El señor Franz d’Épinay siente horror al pensar que el señor de Villefort, que parecía conocer los sucesos leídos esta mañana, no le hubiese prevenido con anterioridad.
Quien hubiera visto en ese momento al magistrado, hundido por el golpe, no creería que lo tenía previsto; en efecto, nunca pensó que su padre llevaría la franqueza, o más bien la rudeza, hasta el extremo de contar una historia así. Es cierto que nunca el señor Noirtier, bastante displicente como era con la opinión de su hijo, se había preocupado de aclarar el hecho a ojos de Villefort, y que este había creído siempre que el general de Quesnel, o el barón d’Épinay, según quieran llamarle con el nombre que él se hizo o con el nombre que le hicieron, había muerto asesinado y no en un duelo leal.