El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Al cual —añadió Montecristo—, yo se la compré, como ya le dije, Albert, a cambio de una esmeralda igual a la que uso para guardar mis pastillas de hachÃs.
—¡Oh! Tú eres bueno, tú eres grande, mi señor —dijo Haydée besando la mano de Montecristo—, y soy muy dichosa al pertenecerte.
Albert estaba totalmente aturdido por lo que acababa de oÃr.
—Vamos, acabe su taza de café —le dijo el conde—; la historia ha terminado.