El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La limonada
En efecto, Morrel era muy feliz.
El señor Noirtier había enviado a Barrois a buscarle, y Morrel tenía tanta prisa por saber para qué, que no había cogido un cabriolé de punto, fiándose más de sus dos piernas que de las patas de un caballo de alquiler; así pues, había salido a toda prisa de la calle Meslay y se dirigía al Faubourg Saint-Honoré.
Morrel caminaba a paso de gimnasta, y el pobre Barrois le seguía como podía. Morrel tenía treinta y un años; Barrois, sesenta; Morrel iba embriagado de amor, Barrois, alterado por el calor. Los dos hombres, divididos así en intereses y en edad, se parecían a las dos líneas que forma un triángulo: separadas por la base, uniéndose en la cumbre.
La cumbre era Noirtier, que había ordenado que fuesen a buscar a Morrel con la mayor diligencia posible, recomendación que Morrel seguía al pie de la letra, con gran desesperación de Barrois.
Al llegar, Morrel ni siquiera estaba sofocado: el amor da alas; pero Barrois, que desde hacía mucho tiempo no estaba enamorado, Barrois estaba exhausto.
El viejo sirviente introdujo a Morrel por la puerta especial, cerró la puerta del gabinete y, enseguida, el roce del vestido sobre el parqué anunció la visita de Valentine.