El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Valentine estaba hermosa a rabiar con su atuendo de luto.

El sueño se hacía tan dulce que Morrel casi hubiera prescindido de conversar con Noirtier; pero la silla de ruedas del anciano se oyó enseguida y entró en el gabinete.

Noirtier acogió con mirada benevolente el agradecimiento que Morrel le prodigaba por esa maravillosa intervención que les había salvado, a Valentine y a él, de la desesperación. Después, la mirada de Morrel fue a provocar, sobre el nuevo favor que se le acordaba, a la joven, que, tímida y sentada lejos de Morrel, aguardaba a verse obligada a hablar.

Noirtier la miró también.

—¿Tengo que decir el encargo que usted me ha hecho? —preguntó la joven.

—Sí —indicó Noirtier.

—Señor Morrel —dijo entonces Valentine al joven que la devoraba con los ojos—, mi abuelo Noirtier tenía mil cosas que decirle, cosas que desde hace tres días me dice. Hoy, le ha mandado venir para que yo se las repita; se las repetiré, pues, ya que me ha elegido como su intérprete, sin cambiar una palabra de sus intenciones.

—¡Oh! Escucho con gran impaciencia —respondió el joven—; hable, señorita, hable.


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