El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Tiene el cuello tan corto! —dijo ella.

—Señora —dijo Villefort—, yo le pregunto dónde está el doctor d’Avrigny; ¡en nombre del Cielo, responda!

—Está en la habitación de Édouard, que está algo enfermo —dijo la señora de Villefort, que no podía eludir por más tiempo la pregunta de su marido.

Villefort salió raudo él mismo a buscar al médico.

—Tome —dijo la señora a Valentine, dándole el frasco de las sales—, sin duda va a sangrarle. Me subo a mi habitación, no puedo soportar ver sangre.

Y salió tras su marido.

Morrel salió del rincón oscuro donde se había ocultado, y donde nadie le vio, de tan grande como era la preocupación.

—Váyase enseguida, Maximilien —le dijo Valentine—, y espere a que yo le llame. Váyase.

Morrel consultó a Noirtier con un gesto. Noirtier, que había mantenido toda su sangre fría, le indicó que sí.

Estrechó la mano de Valentine contra su corazón y salió por el corredor de emergencia.

Al mismo tiempo, Villefort y el doctor entraban por la puerta opuesta.


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