El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Barrois comenzaba a volver en sí; la crisis había pasado, podía hablar aunque lastimosamente, y se incorporaba apoyando la rodilla.

D’Avrigny y Villefort le colocaron sobre una chaise longue.

—¿Qué necesita, doctor? —preguntó Villefort.

—Que me traigan agua y éter. ¿Lo tiene en casa?

—Sí.

—Que vayan a buscar rápidamente aceite de trementina y un emético.

—¡Vayan! —dijo Villefort.

—Y ahora, que todo el mundo se retire.

—¿Yo también? —preguntó tímidamente Valentine.

—Sí, señorita, sobre todo usted —dijo con bastante rudeza el doctor.

Valentine miró al señor d’Avrigny con asombro, besó a su abuelo en la frente y salió.

Tras ella, el doctor cerró la puerta con aire sombrío.

—Mire, mire, doctor, ya vuelve en sí; era un ataque sin importancia.

D’Avrigny sonrió con ese mismo aire sombrío.

—¿Cómo se encuentra, Barrois? —preguntó el doctor.


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