El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Un poco mejor, señor.
—¿Puede beber un poco de agua etérea?
—Voy a intentarlo, pero no me toque.
—¿Por qué?
—Porque me parece que si alguien me toca, aunque sólo sea con la punta de los dedos, me volverá el ataque.
—Beba.
Barrois cogió el vaso, se lo llevó a los labios, lÃvidos ya, y lo dejó más o menos por la mitad.
—¿Qué le duele? —preguntó el doctor.
—Todo el cuerpo; siento unos calambres espantosos.
—¿Siente que le deslumbra la luz?
—SÃ.
—¿Pitidos de oÃdos?
—Espantosos.
—¿Cuándo ha sentido todo eso?
—Ahora mismo.
—¿De repente?
—Como si fuera un rayo.
—¿Ayer, nada? ¿Anteayer?
—Nada, nada.
—¿Somnolencia? ¿Pesadez de estómago?
—No, no.
—¿Qué ha comido hoy?