El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No he comido nada; solamente bebí un vaso de la limonada del señor, eso es todo.
Y Barrois hizo con la cabeza un gesto para señalar a Noirtier, que inmóvil en su sillón, contemplaba la terrible escena sin perder un movimiento, sin dejar escapar ni una palabra.
—¿Dónde está la limonada? —preguntó rápidamente el doctor.
—En la jarra, abajo.
—¿Dónde?
—En la cocina.
—¿Quiere que vaya a buscarlo, doctor? —preguntó Villefort.
—No, quédese aquí y trate de que el enfermo beba lo que queda del vaso.
—Pero la limonada…
—Yo mismo voy.
D’Avrigny dio un salto, abrió la puerta, salió como un rayo por la escalera de servicio y por poco hace caer a la señora de Villefort que, ella también, bajaba a la cocina.
La señora dio un grito.
D’Avrigny ni siquiera prestó atención; llevado por la fuerza de una sola idea, saltó tres o cuatro de los últimos peldaños, se precipitó a la cocina y vio la jarra, sólo llena en una cuarta parte.