El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Se abalanzó sobre ella como un águila sobre su presa.
Jadeante, subió de nuevo y entró en la habitación.
La señora de Villefort subÃa lentamente la escalera hacia su habitación.
—¿Es esta la jarra que estaba aqu� —preguntó d’Avrigny.
—SÃ, doctor.
—¿Y esta es la misma limonada de la que usted bebió?
—Eso creo.
—¿Qué sabor tenÃa?
—Un sabor amargo.
El doctor se echó unas gotas en la mano, las aspiró con los labios, y después de enjuagarse la boca como hacen los catadores de vino, escupió en la chimenea.
—Es la misma —dijo—. ¿Y usted bebió también, señor Noirtier?
—Sà —indicó el anciano.
—¿Y tenÃa ese mismo gusto amargo?
—SÃ.
—¡Ah! ¡Doctor! —gritó Barrois—. ¡Otra vez, otra vez! ¡Dios mÃo! ¡Señor mÃo, ten piedad de mÃ!
El doctor corrió a ver al enfermo.