El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Ese emético, Villefort, mire a ver si lo traen.
Villefort salió gritando:
—¡El emético! ¡El emético! ¿Lo han traÃdo?
Nadie contestó. El terror más profundo reinaba en la casa.
—Si encontrara el modo de insuflarle aire en los pulmones —dijo d’Avrigny mirando por todos lados—, quizá cabrÃa la posibilidad de prevenir la asfixia. ¡Pero, no, nada, nada!
—¡Oh! Señor —gritaba Barrois—, ¿va a dejarme morir asÃ, sin más? ¡Oh, me muero, Dios mÃo! ¡Me muero!
—¡Una pluma! ¡Una pluma! —exclamó el doctor.
Vio una sobre la mesa.
Intentó introducir la pluma en la boca del enfermo, que, en medio de convulsiones, hacÃa inútiles esfuerzos para vomitar; pero tenÃa las mandÃbulas tan apretadas que era imposible introducirle la pluma.
Barrois tenÃa un ataque de nervios aún más intenso que la primera vez. De la chaise longue cayó al suelo y allà se quedó tieso.
El doctor le dejó presa del ataque, al que no podÃa prestar ningún auxilio, y fue hacia Noirtier.
—¿Cómo se encuentra? —le dijo precipitadamente en voz baja—. ¿Bien?