El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Eh, sÃ! ¿Cree usted, por ejemplo, que era al desgraciado sirviente al que querÃan? No, no: como el Polonio de Shakespeare, ha muerto en lugar de otro. Era Noirtier quien debÃa beber la limonada; es Noirtier quien la bebió siguiendo el orden lógico de las cosas; el otro la bebió por accidente; y aunque sea Barrois quien esté muerto, era Noirtier quien debÃa morir.
—Pero, entonces, ¿cómo es que mi padre no ha sucumbido?
—Ya se lo dije, una tarde, en el jardÃn, después de la muerte de la señora de Saint-Méran: porque su cuerpo está acostumbrado a ese mismo veneno; porque la dosis, insignificante para él, era mortal para cualquier otro; porque, en fin, porque nadie sabe, ni siquiera el asesino, que desde hace un año trato con brucina la parálisis del señor Noirtier, mientras que el asesino no ignora, y se lo ha confirmado la experiencia, que la brucina es un violento veneno.
—¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —murmuraba Villefort retorciéndose las manos.
—Siga un poco el camino del criminal; mata al señor de Saint-Méran.
—¡Oh, doctor!
—Yo lo jurarÃa; lo que me han dicho de los sÃntomas concuerda demasiado bien con lo que han visto mis ojos.