El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Villefort dejó de luchar, y emitió un angustioso gemido.

—Mata al señor de Saint-Méran —repitió el doctor—, mata a la señora de Saint-Méran: doble herencia que recoger.

Villefort se enjugó el sudor que le caía por la frente.

—Escuche bien.

—¡Ay! —balbuceó Villefort—. No me pierdo ni una palabra, ni una sola palabra.

—El señor Noirtier —continuó con su implacable voz el señor d’Avrigny—, el señor Noirtier había testado antes contra usted, contra su familia, a favor de los pobres, en fin; el señor Noirtier se libra, puesto que ya nada se espera de él. Pero en cuanto acaba de destruir su primer testamento, en cuanto ha hecho el segundo, por temor quizás a que haga un tercero, va contra él. El testamento es de anteayer, creo; ya lo ve usted, el asesino no pierde el tiempo.

—¡Oh! ¡Piedad! Señor d’Avrigny.

—No hay piedad, señor; el médico tiene una misión sagrada sobre la tierra, y para cumplir con esta misión se remonta hasta los manantiales de la vida y desciende hasta las misteriosas tinieblas de la muerte. Cuando se ha cometido un crimen, y Dios, espantado sin duda, aparta su mirada del criminal, es el médico a quien le toca decir: ¡ahí está!


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