El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Piedad para mi hija, señor! —murmuró Villefort.

—Ya ve que es usted quien la ha nombrado, usted, ¡su padre!

—¡Piedad para Valentine! Escuche, es imposible. ¡Preferiría acusarme yo mismo! ¡Valentine, un corazón de diamante, un lirio de inocencia!

—No hay piedad, señor fiscal; el crimen es flagrante: la señorita de Villefort embaló ella misma las medicinas que se enviaron al señor de Saint-Méran, y el señor de Saint-Méran murió.

»La señorita Valentine preparó las tisanas a la señora de Saint-Méran, y la señora de Saint-Méran murió.

»La señorita de Villefort cogió, de las manos de Barrois, a quien habían enviado a otro sitio, la jarra de limonada que el anciano se bebe normalmente a lo largo de la mañana, y el anciano escapó milagrosamente.

»¡La señorita de Villefort es la culpable! ¡Es la envenenadora! Señor fiscal, yo denuncio a la señorita de Villefort; cumpla con su deber.

—Doctor, ya no me resisto, no me defiendo, le creo; pero, por piedad, ¡salve mi vida, mi honor!


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