El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señor de Villefort —repuso el doctor con una fuerza creciente—, hay circunstancias en las que traspaso todos los límites de la simple prudencia humana. Si su hija hubiera cometido solamente un primer crimen, y la viese meditar un segundo crimen, le diría: adviértala, castíguela, que pase el resto de su vida en algún claustro, en algún convento, llorando y rezando. Si hubiera cometido ya ese segundo crimen, le diría: «mire, señor de Villefort, aquí tiene un veneno que no tiene antídoto conocido, presto como el pensamiento, raudo como el relámpago, mortal como el rayo; dele ese veneno encomendando su alma a Dios, y salve así su honor y su vida, pues es por usted por quien se interesa». ¡Y ya la veo acercarse a la cabecera de su cama con su sonrisa hipócrita y sus dulces exhortaciones! ¡Ay de usted, señor de Villefort, si usted no se da prisa en golpear el primero! Esto es lo que le diría si ella hubiera matado sólo a dos personas; pero ya ha visto tres agonías, ha contemplado a tres moribundos, se ha arrodillado junto a tres cadáveres; ¡al verdugo, la envenenadora! ¡Al verdugo! Usted habla de su honor, haga lo que le digo, ¡y es la inmortalidad la que le aguarda!

Villefort cayó de rodillas.

—Escuche —dijo—, yo no tengo esa fuerza que tiene usted o, más bien, esa fuerza que usted no tendría si, en lugar de mi hija Valentine, se tratara de su hija Madeleine.


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