El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El doctor palideció.

—Doctor, todo hombre hijo de mujer nace para sufrir y morir; doctor, yo sufriré y esperaré la muerte.

—Cuidado —dijo d’Avrigny—, será lenta… esa muerte; la verá acercarse después de golpear a su padre, a su mujer, a su hijo… tal vez.

Villefort, ahogándose, apretó el brazo del doctor.

—¡Escúcheme! —gritó—. Tenga compasión de mí, ayúdeme… No, mi hija no puede ser culpable… arrástrenos ante un tribunal, y seguiré diciendo: «No, mi hija no es culpable». No hay ningún crimen en mi casa…, no quiero, me oye, no quiero que haya ningún crimen en mi casa, pues cuando el crimen entra en algún sitio, es como la muerte: no viene nunca solo. Escuche, ¿a usted qué le importa que yo muera asesinado? ¿Es usted amigo mío? ¿Es usted humano? ¿Tiene usted un corazón…? No, ¡usted es médico…! Y bien, yo le digo: ¡No! ¡No arrastraré a mi hija para entregarla a las manos de un verdugo…! ¡Ah! ¡Esa es una idea que me devora, que me lleva, como un insensato, a arrancarme el corazón con mis propias uñas! ¡Y si usted se equivocara, doctor! ¡Si fuera otra persona, y no mi hija! Si un día yo viniera, pálido como un espectro, a decirle: ¡asesino! Tú mataste a mi hija…, mire, si eso sucediera, soy cristiano, señor d’Avrigny, pero a pesar de eso, ¡yo me mataría!


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