El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Sire, he llegado lo más rápidamente posible a ParÃs para comunicar a Vuestra Majestad que he descubierto, en la competencia de mis funciones, no uno de esos complots vulgares y sin consecuencia, como se traman todos los dÃas en las clases inferiores del pueblo o del ejército, sino una verdadera conspiración, una tempestad que amenaza nada menos que el trono de Vuestra Majestad. Sire, el usurpador arma tres buques; medita algún proyecto, insensato tal vez, pero por muy terrible, por muy insensato que sea, en este momento debe haber partido ya de la isla de Elba; ¿para ir adónde?, lo ignoro, pero seguramente para intentar bajar, ya sea a Nápoles, ya hacia las costas de la Toscana, o incluso a Francia. Vuestra Majestad no ignora que el soberano de la isla de Elba ha conservado relaciones en Italia y en Francia.
—SÃ, señor, lo sé —dijo el rey muy impresionado—, e incluso últimamente se ha tenido noticia de que reuniones bonapartistas han tenido lugar en la calle Saint-Jacques; pero, continúe, se lo ruego; ¿cómo ha obtenido usted esos detalles?