El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Sire, son el resultado de un interrogatorio que hice pasar a un hombre de Marsella al que vigilaba desde hace tiempo y a quien hice arrestar el mismo dÃa en el que salà hacia aquÃ; ese hombre, marino turbulento y de un bonapartismo que se me hacÃa sospechoso, estuvo, en secreto, en la isla de Elba; allà se vio con el gran mariscal, que le encargó una misión verbal para un bonapartista de ParÃs, cuyo nombre no pude sonsacarle; pero esa misión era la de encargar a ese bonapartista que preparara los ánimos para el regreso; observad que es el interrogatorio el que habla de un regreso, Sire, que no puede dejar de ser muy próximo.
—¿Y dónde está ese hombre?
—En prisión, Sire.
—¿Y el asunto le pareció a usted grave?
—Tan grave, Sire, que como este suceso me sorprendiera en medio de una fiesta de familia, el mismo dÃa de mi compromiso, lo dejé todo, prometida y amigos, remità todo para más tarde, para venir a poner a los pies de Vuestra Majestad los temores que me aquejaban y la seguridad de mi adhesión.
—Es cierto —dijo Luis XVIII—, ¿no habÃa un proyecto de unión entre usted y la señorita de Saint-Méran?
—La hija de uno de los más fieles servidores de Vuestra Majestad.