El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí, sí; pero volvamos a ese complot, señor de Villefort.

—Sire, temo que sea más que un complot; temo que sea una conspiración.

—Una conspiración en estos tiempos —dijo el rey sonriendo—, es fácil de pensar, pero más difícil de llevar a término, dado que, recién restablecidos en el trono de nuestros antepasados, tenemos los ojos abiertos a la vez sobre el pasado, sobre el presente y sobre el futuro; desde hace diez meses, mis ministros redoblan la vigilancia para que el litoral del Mediterráneo esté bien protegido. Si Bonaparte desembarca en Nápoles, la coalición entera se pondrá en pie antes de que llegue a Piombino; si desembarca en Toscana, él pondrá el pie en país enemigo; si desembarca en Francia, será con un puñado de hombres y nosotros llegaremos fácilmente hasta el final, execrado como está por la población. Tranquilícese, pues, señor; pero no por eso deje de contar con nuestro regio reconocimiento.

—¡Ah! ¡Ahí está el señor Dandré! —exclamó el duque de Blacas.

En ese momento, apareció en efecto en el umbral de la puerta el señor ministro de la Policía, pálido, tembloroso y cuya mirada vacilaba como si hubiera sido alcanzado por un fogonazo.


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