El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Andrea examinó bien el sellado para ver si había sido forzado y si miradas indiscretas habrían penetrado hasta el interior de la carta; pero estaba plegada de tal forma, con tal lujo de rombos y de ángulos que, para leerla, hubiera sido preciso romper el sello; ahora bien, el sello estaba perfectamente intacto.

—Muy bien —dijo—, ¡pobre hombre! Es una criatura excelente.

Y dejó al portero sin saber a qué atenerse ante esas palabras, sin saber a quién admirar más, si al joven amo o al viejo sirviente.

—Desenganche deprisa y suba a verme —dijo Andrea a su groom.

Y en dos saltos, el joven llegó a su habitación y quemó la carta de Caderousse, de la que hizo desaparecer hasta las cenizas.

Acababa esa operación cuando el sirviente entró.

—Tienes la misma talla que yo, Pierre —le dijo.

—Tengo ese honor, Excelencia —respondió el lacayo.

—Debes tener una librea nueva que te trajeron ayer, ¿no?

—Sí, señor.


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