El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Pero en cuanto puso el pie en el patio, encontró frente a él al portero del hotel, que le esperaba con el gorro en la mano.

—Señor —dijo—, ha venido ese hombre.

—¿Qué hombre? —preguntó negligentemente Andrea, como si hubiera olvidado lo que, a todas luces, recordaba demasiado bien.

—Ese a quien Su Excelencia entrega esa pequeña renta.

—¡Ah! Sí —dijo Andrea—, es un antiguo sirviente de mi padre. Y bien, le habrá dado usted los doscientos francos que le dejé para él.

—Sí, Excelencia, precisamente.

Andrea se hacía llamar Excelencia.

—Pero —continuó el portero—, no ha querido cogerlos.

Andrea palideció; sólo que, como era de noche, nadie se dio cuenta.

—¡Cómo! ¿No quiso cogerlos? —dijo con voz ligeramente alterada.

—¡No! Quería hablar con Su Excelencia. Yo le dije que había salido; él insistió. Pero, finalmente, pareció darse por vencido y me dio esta carta que había traído bien sellada.

—Veamos —dijo Andrea.

Y leyó a la luz de la linterna del faetón:


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