El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Esta tarde tengo algo asà como unos cuatro mil francos que retirar de su banca; pero el conde ha comprendido que el mes en el que vamos a entrar acarrearÃa para mà un aumento de gastos, a los que no podrÃa hacer frente con mi pequeña renta de soltero, y aquà tengo un bono de veinte mil francos que, yo no dirÃa que me ha dado, sino que me ha ofrecido. Está firmado por él, como usted ve; ¿lo acepta?
—Tráigame más como este hasta la suma de un millón, y se lo acepto —dijo Danglars metiéndose el bono en el bolsillo—. DÃgame a qué hora de mañana y mi oficial de caja pasará por su casa con un recibà de veinticuatro mil francos.
—Pues a las diez de la mañana, por ejemplo, si le viene bien. Lo más pronto posible, será lo mejor; cuento con salir mañana al campo.
—De acuerdo; a las diez. ¿En el Hôtel des Princes, como siempre?
—SÃ.
Al dÃa siguiente, con la exactitud que era la honra de la puntualidad del banquero, los veinticuatro mil francos estaban en la residencia del joven, que salió, efectivamente, dejando doscientos francos para Caderousse.
El motivo principal de esa salida, por parte de Andrea, era la de evitar a su peligroso amigo; asà que, por la tarde, regresó lo más tarde posible.