El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Vengo de casa del señor conde, señor —dijo—; es incontestablemente un hombre encantador, pero de una originalidad inconcebible; me aprueba totalmente; me dijo incluso que no creÃa que mi padre dudase ni un instante en darme el capital en lugar de la renta, me ha prometido su influencia para ayudarme a conseguirlo, pero me ha declarado, personalmente, que nunca habÃa cargado, ni pensaba cargar, con la responsabilidad de hacer una petición de matrimonio. Pero debo ser justo con él, pues añadió que si alguna vez habÃa lamentado esa decisión suya, ha sido respecto a mÃ, puesto que pensaba que la unión proyectada serÃa feliz y exitosa. Por lo demás, aunque no quiera hacer nada oficialmente, se reserva responder, me ha dicho, cuando usted le hable del asunto.
—¡Ah! Muy bien.
—Ahora —dijo Andrea con su más encantadora sonrisa—, he terminado de hablar con el suegro, y me dirijo al banquero.
—¿Y qué quiere de él, veamos? —dijo riendo a su vez Danglars.