El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pero —dijo Danglars, quien, por su parte, no se daba cuenta de cómo esta conversación, desinteresada en principio, giraba rápidamente a la de una agencia de negocios—, ¿pero, hay sin duda una porción de su fortuna que su padre de usted no puede negarle?
—¿Qué porción? —preguntó el joven.
—La que viene de parte de su madre.
—¡Eh! Ciertamente, la que viene de mi madre, Leonora Corsinari.
—¿Y a cuánto puede ascender esa parte de su fortuna?
—A fe mÃa —dijo Andrea—, le aseguro, señor, que nunca he reparado en ese asunto, pero estimo que será de al menos dos millones.
Danglars sintió esa especie de sofoco feliz que siente un avaro que encuentra su tesoro perdido, o un hombre que se ahoga y que siente, al fin, tierra sólida bajo sus pies, en lugar del vacÃo que iba a engullirle.
—Y bien, señor —dijo Andrea saludando al banquero con un tierno respeto—, ¿puedo esperar…?
—Señor Andrea —dijo Danglars—, espere y créame que, si ningún obstáculo de su parte detiene la marcha de este asunto, puede darlo por concluido. Pero —dijo Danglars reflexionando—, ¿cómo es que el señor conde de Montecristo, su patrón en este mundo parisino, no ha venido a hacernos esta propuesta?
Andrea se sonrojó imperceptiblemente.