El Conde de Montecristo

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—Y bien —dijo Andrea—, ya ve usted, nada podría ir mejor, suponiendo que mi petición no sea rechazada por la señora baronesa y por la señorita Eugénie. Dispondríamos de ciento setenta y cinco mil libras de renta. Supongamos una cosa: que yo consiga que el marqués, en lugar de pagarme la renta, me dé el capital, no sería fácil, ya lo sé, pero, en fin, es posible. Usted podría gestionarnos esos dos o tres millones; y dos o tres millones en manos hábiles siempre podrían rentar el diez por ciento.

—Yo sólo trabajo con el cuatro por ciento —dijo el banquero—, e incluso con el tres y medio. Pero, a mi yerno, se lo daría al cinco, y compartiríamos los beneficios.

—Pues bien, de maravilla, suegro —dijo Cavalcanti, dejándose llevar por esa naturaleza algo vulgar que, de vez en cuando, y a pesar de sus esfuerzos, hacía saltar el barniz de aristocracia con el que intentaba recubrirla.

Pero enseguida se retuvo:

—¡Oh! Perdón, señor —dijo—, ya ve, sólo un poco de esperanza me vuelve loco; ¿qué no me hará la realidad?


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