El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Cenó, pues, con la tranquilidad y sobriedad habituales y, después de cenar, indicó a Alí que le siguiera, y salió por la puerta pequeña, llegó al Bois de Boulogne como si fuera de paseo, tomó sin afectación el camino de París, y al caer la noche se encontró frente a su casa de los Champs-Elyseés.

Todo estaba oscuro, solamente una débil luz brillaba en la garita del portero, distante de la casa en unos cuarenta pasos, como le había advertido Baptistin.

Montecristo se pegó a un árbol, y con esos ojos, que raramente se equivocaban, sondeó la doble avenida, escudriñó a los transeúntes, y extendió la mirada por las calles adyacentes, a fin de ver a alguien que estuviera emboscado. Al cabo de diez minutos, quedó convencido de que no había nadie al acecho. Corrió enseguida hacia la puerta auxiliar con Alí, entró precipitadamente y, por la escalera de servicio, cuya llave llevaba consigo, entró en el dormitorio, sin abrir y sin mover ni una sola cortina, sin que el mismo portero pudiera imaginarse que la casa, que él creía vacía, había sido ocupada por su principal residente.



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