El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Usted va a volver a París —dijo—, traerá aquí a toda la servidumbre que quedaba allí. Necesito en Auteuil a todo el mundo.

—¿Entonces no quedará nadie en la casa, señor conde? —preguntó Baptistin.

—Sí, claro; el portero.

—El señor conde se dará cuenta de que hay mucho trecho desde la portería a la casa.

—¿Y bien?

—Pues que podrían desvalijar toda la vivienda sin que el portero oyera el menor ruido.

—¿Quién va a desvalijar la casa?

—Pues los ladrones.

—Es usted un ingenuo, señor Baptistin; aunque los ladrones desvalijasen toda la casa, nunca me ocasionarían un desagrado mayor que el de encontrarme con un servicio insuficiente.

Baptistin hizo una inclinación.

—Ya me oye —dijo el conde—, traiga aquí a todo el servicio, desde el primero al último; pero que todo quede como normalmente está; simplemente cierre las contraventanas de la planta baja; eso es todo.

—¿Y las del primer piso?

—Usted sabe que nunca se cierran. Vaya, vaya.

El conde avisó de que cenaría en su habitación y que solamente Alí le serviría.


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