El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El primer movimiento del conde fue creer en una trampa de ladrones, trampa grosera que le indicaba un peligro mediocre con el fin de exponerle a un peligro mayor. Iba, pues, a enviar la carta a un comisario de policía, a pesar de la recomendación, y quizá incluso a causa de la recomendación del amigo anónimo, cuando de repente se le ocurrió la idea de que, en efecto, era algún enemigo particular, que él sólo podría reconocer, y del que, llegado el caso, sólo él podría sacar partido, como hizo Fiesco con el moro que quiso asesinarle[1]. Ya conocemos al conde; no necesitamos decir que era un espíritu lleno de audacia y de vigor, que se endurecía contra lo imposible con esa energía propia de los hombres superiores.
Por la vida que había llevado, por la decisión que siempre tuvo de no recular ante nada, el conde había llegado a saborear una satisfacción desconocida en la lucha que emprendía a veces contra la naturaleza, que es Dios, y contra el mundo, que bien puede pasar por ser el Diablo.
«No quieren robarme documentos», se dijo Montecristo, «quieren matarme. No quiero que el señor prefecto de Policía se meta en mis asuntos particulares. Soy lo bastante rico, a fe mía, como para no desequilibrar el presupuesto de la Administración».
El conde llamó a Baptistin, que había salido de la sala tras entregar la carta.