El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Beauchamp
Durante quince días, no hubo otra noticia en París que esa tentativa de robo que tuvo lugar tan audazmente en casa del conde. El moribundo había firmado una declaración que señalaba a Benedetto como a su asesino. La policía lanzó a todos sus agentes tras su pista.
El cuchillo de Caderousse, la linterna sorda, el manojo de llaves y las ropas, menos el chaleco, que no pudo encontrarse, fueron depositados en los archivos del juzgado; el cuerpo fue transportado a la morgue.
El conde respondía a todo el mundo que esa aventura había tenido lugar mientras él estaba en su casa de Auteuil, y que, en consecuencia, sólo sabía lo que le había contado el abate Busoni, que aquella tarde, por una enorme casualidad, le había pedido pasar la noche en su casa para estudiar unos libros muy valiosos de su biblioteca.
Sólo Bertuccio palidecía cada vez que el nombre de Benedetto era pronunciado en su presencia, pero no había ningún motivo para que alguien se apercibiese de la palidez de Bertuccio.
Villefort, llamado para constatar el crimen, había reclamado el asunto y conducía la instrucción con ese ardor apasionado que ponía en todas las causas criminales en las que debía ser el portavoz.