El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Pero habían pasado tres semanas sin que la investigación, por muy activa que fuese, llegara a ningún resultado, y se empezaba a olvidar, entre la sociedad, el intento de robo en casa del conde, y el asesinato del ladrón por su cómplice, para ocuparse del próximo matrimonio de la señorita Danglars con el conde Andrea Cavalcanti.
Ese matrimonio era ya, más o menos, cosa hecha, el joven entraba en casa del banquero a título de prometido.
Habían escrito al señor Cavalcanti padre, que había aprobado con mucho gusto el enlace, y que, expresando todo su pesar porque su servicio le impedía absolutamente abandonar Parma, donde estaba, declaraba consentir en darle un capital de ciento cincuenta mil libras de renta.
Se había convenido que los tres millones se colocarían en la casa Danglars, que los revalorizaría; algunas personas habían intentado sembrar de dudas al joven, en torno a la solidez de la posición de su futuro suegro, que desde hacía algún tiempo sufría reiteradas pérdidas en la Bolsa, pero el joven, con un desinterés y una confianza sublimes, rechazó todas esas vanas historias, de las que tuvo la delicadeza de no decir ni una sola palabra al barón.
Así que el barón adoraba al conde Andrea Cavalcanti.