El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Mi querido Albert, aquà está mi pasaporte; mire los visados: Ginebra, Milán, Venecia, Trieste, Delvino, Janina. ¿Está dispuesto a creer en la policÃa de una república, de un reino y de un imperio?
Albert bajó los ojos sobre el pasaporte, y los levantó, asombrado, mirando a Beauchamp.
—¿Usted ha estado en Janina? —dijo.
—Albert, si usted hubiera sido un extraño, un desconocido, un simple lord como ese inglés que vino a pedirme una explicación hace tres o cuatro meses, y a quien maté para quitármelo de en medio, comprenda que no me habrÃa tomado tantas molestias, pero creà que le debÃa esa muestra de consideración, Albert. Fueron ocho dÃas para ir, ocho para volver, cuatro de cuarentena y cuarenta y ocho horas de estancia en Janina; eso suma las tres semanas. Llegué esta noche, y aquà estoy.
—¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Cuántos circunloquios, Beauchamp! ¡Y cuánto tarda en decirme lo que estoy esperando!
—Es que, de verdad, Albert…
—Uno dirÃa que tiene dudas.
—SÃ, tengo miedo.
—¿Tiene miedo de confesar que su corresponsal se equivocó? ¡Oh! Nada de amor propio, Beauchamp; confiese, Beauchamp, su valor no se puede poner en duda.
—¡Oh! No es eso —murmuró el periodista—; al contrario…