El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Se la voy a poner fácil, esa respuesta, señor, repitiendo la pregunta: ¿quiere usted retractarse, sà o no?
—Morcerf, uno no se contenta con responder sà o no a cuestiones que interesan al honor, la posición social y la vida de un hombre como el capitán general conde de Morcerf, par de Francia.
—¿Entonces, qué se puede hacer?
—Lo que yo hago, Albert; se dice que el dinero, el tiempo y la fatiga no deben contar cuando se trata de la reputación y de los intereses de toda una familia; se dice que hace falta más que probabilidades, que hacen falta certezas para aceptar un duelo a muerte con un amigo; se dice: si cruzo mi espada, o si presiono el gatillo de un arma, contra un hombre a quien he estrechado la mano a lo largo de tres años, tengo que saber, al menos, por qué hago una cosa asÃ, a fin de que pueda llegar al campo del honor con el corazón en reposo y la conciencia tranquila, cosas que un hombre necesita cuando su brazo debe salvarle la vida.
—Y bien, y bien —preguntó Morcerf con impaciencia—, ¿qué quiere decir todo eso?
—Eso quiero decir que acabo de llegar de Janina.
—¿De Janina? ¡Usted!
—SÃ, yo.
—Imposible.