El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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En cuanto a Beauchamp, nadie le había vuelto a ver desde el día de la visita que le hizo Albert, y a los que preguntaban por él, se les decía que estaba de viaje por algunos días.

¿Dónde estaba? Nadie lo sabía.

Una mañana, el ayuda de cámara de Albert vino a despertarle, anunciándole la visita de Beauchamp.

Albert se frotó los ojos, ordenó que hicieran esperar a Beauchamp en el saloncito de fumar de la planta baja, se vistió rápidamente y bajó.

Encontró a Beauchamp paseando arriba y abajo; al verle, Beauchamp se detuvo.

—La gestión que le trae hasta aquí, sin esperar a la visita que yo iba a hacerle hoy mismo, me parece un buen augurio, señor —dijo Albert—. Veamos, dígame enseguida, ¿tengo que darle la mano diciendo: Beauchamp, amigo mío, confiese que había un error y sigamos siendo amigos? O tengo que preguntarle simplemente: ¿Cuáles son sus armas?

—Albert —dijo Beauchamp, con una tristeza que llenó al joven de estupor—, primero sentémonos, y hablemos.

—Pues me parece, por el contrario, señor, que antes de sentarnos, tendrá usted que responderme.

—Albert —dijo el periodista—, hay circunstancias en las que la dificultad está justamente en la respuesta.


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