El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Albert se tambaleó y cayó, roto, en un sillón.

No había ninguna duda esta vez, el nombre y el apellido figuraban con todas las letras.

Tras un momento de silencio mudo y doloroso, se le oprimió el corazón, las venas del cuello se le hincharon, y un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.

Beauchamp, que había contemplado con profunda compasión al joven, cediendo al paroxismo del dolor, se acercó a él.

—Albert —le dijo—, comprende ahora, ¿no? Quise verlo todo, juzgarlo todo por mí mismo, esperando una explicación que fuera favorable a su padre, y que así yo podría hacerle justicia. Pero, muy al contrario, las informaciones recibidas constatan que ese oficial instructor, que ese Fernand Mondego, ascendido por Alí-Pachá al título de gobernador general, no es otro que Fernand de Morcerf; entonces he venido, recordando el honor que me había hecho usted de admitirme como amigo, y corrí hasta aquí.

Albert, que seguía tendido en un sillón, se cubría la cara con las manos, como si quisiera impedir que la luz llegase hasta él.


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