El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Y vine corriendo hasta aquà —continuó Beauchamp—, para decirle: Albert, las faltas de nuestros padres, en estos tiempos de acción y de reacción, no pueden alcanzar a los hijos. Albert, muy pocos han pasado por estas revoluciones en medio de las cuales nos ha tocado vivir, sin que alguna mancha de lodo o de sangre no haya manchado sus uniformes de soldado o sus togas de juez. Albert, nadie en el mundo, ahora que tengo todas las pruebas, ahora que soy el dueño de su secreto, nadie en el mundo puede forzarme a un combate que su conciencia, estoy seguro de ello, le reprocharÃa como un crimen; pero lo que ya no puede exigirme, vengo a ofrecérselo. Estas pruebas, estas revelaciones, estos testimonios, que yo sólo poseo, ¿quiere usted que desaparezcan? Este espantoso secreto, ¿quiere usted que quede entre usted y yo? Sà confÃa en mi palabra de honor, no saldrá nunca de mi boca; dÃgame, ¿lo quiere asÃ, Albert? Diga, ¿lo quiere asÃ, amigo mÃo?
Albert se echó al cuello de Beauchamp.
—¡Oh! ¡Qué gran corazón! —exclamó.
—Tenga —dijo Beauchamp presentando los papeles a Albert.