El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Albert los cogió con una mano convulsa, los estrujó, los arrugó, pensó en romperlos, pero temiendo que el menor trozo de papel que volara al viento volviera un día a estamparse en su frente, fue a la vela que estaba siempre encendida para los cigarros, y allí quemó hasta el último fragmento.

—¡Querido amigo! ¡Excelente amigo! —murmuraba Albert mientras ardían los papeles.

—Que todo esto se olvide como un mal sueño —dijo Beauchamp—, que se borre como esas últimas chispas que corren sobre el papel ennegrecido, que todo se desvanezca como ese último humo que escapa de las cenizas mudas.

—Sí, sí —dijo Albert—, y que no quede más que la eterna amistad que profeso a mi salvador, amistad que mis hijos transmitirán a los suyos, amistad que me recordará siempre que la sangre de mis venas, la vida de mi cuerpo, el honor de mi nombre, todo eso, se lo debo a usted; pues si tal cosa fuese conocida, ¡oh!, Beauchamp, se lo confieso, me levantaría la tapa de los sesos; o ¡no, mi pobre madre! No quisiera matarla también, no, ¡me exiliaría!

—¡Querido Albert! —dijo Beauchamp.

Pero el joven salió enseguida de esa alegría inopinada y por decirlo así, ficticia, y cayó de nuevo más profundamente aún en la tristeza.


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