El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Y bien —preguntó Beauchamp—, veamos, ¿qué pasa, amigo mío?

—Pasa —dijo Albert—, que algo se me ha roto en el corazón. Escuche, Beauchamp, uno no se aparta así, en un segundo, de ese respeto, de esa confianza y de ese orgullo que inspira a un hijo el nombre sin tacha de su padre. ¡Oh! ¡Beauchamp, Beauchamp!, ¿cómo voy ahora a abordar al mío? ¿Echaré hacia atrás mi frente cuando acerque él sus labios? ¿Retraeré mi mano cuando él me tienda la suya…? Mire, Beauchamp, soy el más desgraciado de los hombres. ¡Ah! Mi madre, mi pobre madre —dijo Albert mirando a través de sus ojos anegados en llanto el retrato de su madre—, ¡si sabías esto, ¡cuánto has debido de sufrir!

—¡Vamos! —dijo Beauchamp cogiéndole las manos—. ¡Valor, amigo mío!

—¿Pero, de dónde venía esa primera nota de su periódico? —exclamó Albert—. Hay detrás de todo esto un odio desconocido, un enemigo invisible.

—Pues bien —dijo Beauchamp—, razón de más. ¡Valor, Albert! Nada de señales de emoción en el rostro; lleve ese dolor en usted, como la nube lleva en sí la ruina y la muerte, secreto fatal que no se entiende hasta el momento en el que estalla la tormenta. Vamos, amigo, reserve sus fuerzas para el momento en el que esto estalle.


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