El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! ¿Entonces cree que esto no es el final? —dijo Albert espantado.

—Yo, yo no creo nada, amigo mío; pero, en fin, todo es posible. A propósito…

—¿Qué? —preguntó Albert, al ver que Beauchamp dudaba.

—¿Sigue adelante el matrimonio con la señorita Danglars?

—¿Por qué me pregunta eso en un momento así, Beauchamp?

—Porque, según creo, la ruptura o no de ese compromiso tiene que ver con lo que nos ocupa en este momento.

—¡Cómo! —dijo Albert, cuya frente ardía—. Cree que el señor Danglars…

—Sólo le pregunto cómo va ese compromiso. ¡Qué diablos! ¡No vea en mis palabras más de lo que he dicho, ni les dé mayor alcance del que tienen!

—No —dijo Albert—, el compromiso se ha roto.

—Bien —dijo Beauchamp.

Después, viendo que el joven iba a caer de nuevo en la melancolía:

—Mire, Albert —le dijo—, si me hace caso, creo que deberíamos salir; una vuelta por el parque en faetón o a caballo le distraerá; después, volveremos para comer en algún sitio, y usted se irá a sus asuntos y yo a los míos.


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