El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El viaje
Montecristo dio un grito de alegrÃa al ver a los dos jóvenes juntos.
—¡Ah!, ¡ah! —dijo—. Y bien, espero que todo haya acabado, que todo se haya esclarecido, que todo se haya arreglado.
—Sà —dijo Beauchamp—, rumores absurdos que caen por sà solos, y que ahora, si se iniciasen de nuevo, me tendrÃan por el primer antagonista. Asà pues, no hablemos más del asunto.
—Albert le dirá que es el consejo que yo le di —repuso el conde—. Mire —añadió—, además, me encuentran terminando la más execrable mañana que jamás haya pasado, creo.
—¿Qué hace? —dijo Albert—. ¿Pone en orden sus papeles, me parece?
—Mis papeles, ¡gracias a Dios, no! En mis papeles siempre hay un orden maravilloso, dado que no tengo papeles; estos son los del señor Cavalcanti.
—¿Del señor Cavalcanti? —preguntó Beauchamp.
—¡Eh! SÃ, ¿no sabe usted que es un joven al que lanza el conde? —dijo Morcerf.
—No, no, entendámonos bien —respondió Montecristo—, yo no lanzo a nadie, y al señor Cavalcanti menos que a ningún otro.
