El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Y la señorita D’Armilly —preguntó Beauchamp—, qué cara le ha puesto a usted, que le quitaba a su alumna?
—¡Hombre! No lo sé muy bien; pero parece que sale para Italia. La señora Danglars me habló de ella y me pidió algunas cartas de recomendación para los impresarii; yo le di una nota para el director del teatro Valle, que me debe algunos favores. Pero, ¿qué le pasa, Albert? Parece algo triste; ¿es que al final, sin saberlo, va a estar usted enamorado de la señorita Danglars, por ejemplo?
—No, que yo sepa —dijo Albert sonriendo tristemente.
Beauchamp se puso a contemplar los cuadros.
—Pues, en fin —continuó Montecristo—, no está usted en su estado normal. Veamos, ¿qué le ocurre? DÃgame.
—Tengo migraña —dijo Albert.
—Pues bien, mi querido vizconde —dijo Montecristo, en ese caso tengo un remedio infalible, y se lo propongo, remedio que me ha servido cada vez que he sufrido alguna contrariedad.
—¿Y cuál es ese remedio? —preguntó el joven.
—Viajar.
—¿De verdad? —dijo Albert.