El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Escuche —dijo Montecristo—, esto tiene tan poco que ver conmigo, que mis relaciones con el suegro y con el joven se han enfriado; la señorita Eugénie es la única, ya que me parece que no siente ninguna profunda vocación por el matrimonio, al ver hasta qué punto yo estaba poco dispuesto a hacerle renunciar a su querida libertad, es la única, digo, en conservar su afecto por mí.

—¿Y dice usted que ese matrimonio está a punto de llevarse a cabo?

—¡Oh! ¡Dios mío! Sí, a pesar de todo lo que yo he podido decir. Yo, yo no conozco a ese joven, se dice que es rico y de buena familia, pero para mí esas cosas son fáciles de decir. Yo le he repetido todo esto, hasta la saciedad, al señor Danglars; pero él está encaprichado con su luqués. He llegado incluso a comunicarle lo que para mí es más grave aún: que ese joven fue robado estando aún con la nodriza, robado por unos gitanos o perdido por su preceptor, no lo sé muy bien. Pero lo que sí sé es que su padre lo perdió de vista durante más de diez años; lo que hizo en esos diez años de vida errante, sólo Dios lo sabe. Y bien, nada de todo eso ha funcionado. Me han encargado que escriba al mayor, que le pida los papeles, y esos papeles están aquí; se los envío pero, como Pilatos, lavándome las manos.


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