El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señor —dijo a Danglars—, usted sabe que no me despido de usted definitivamente; me queda por saber si sus inculpaciones son ciertas, asà que voy a asegurarme en casa del señor conde de Montecristo.
Y saludando al banquero, salió con Beauchamp sin ocuparse, aparentemente, de Cavalcanti.
Danglars les acompañó hasta la puerta y, en la puerta, renovó a Albert la certeza de que ningún motivo de odio personal le animaba contra el señor conde de Morcerf.