El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El insulto
A la puerta del banquero, Beauchamp retuvo a Morcerf.
—Escuche —le dijo—, hace un rato le dije en casa de Danglars que era al señor de Montecristo a quien debÃa pedirle una explicación.
—SÃ, y ahora vamos a su casa.
—Un momento, Morcerf; antes de ir a ver al conde, reflexione.
—¿Y qué quiere que reflexione?
—Sobre la gravedad de esa iniciativa.
—¿Es más grave que ir a casa del señor Danglars?
—SÃ; el señor Danglars es un hombre de dinero, y usted lo sabe, los hombres de dinero saben demasiado bien el capital que arriesgan como para batirse asà como asÃ. El otro, por el contrario, es un gentilhombre, al menos en apariencia; ¿pero no teme usted que, bajo el gentilhombre, se encuentre el sicario?
—Yo sólo temo una cosa, y es la de encontrar a un hombre que no quiera batirse.
—¡Oh! Tranquilo —dijo Beauchamp—, este se batirá. Incluso temo una cosa, y es que se bata demasiado bien; ¡cuidado!
—Amigo —dijo Morcerf con una hermosa sonrisa—, eso es lo que pido; y es lo mejor que me puede suceder: morir por mi padre; eso nos salvará a todos.
