El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Eso depende del sentido que quiera usted dar a esa pregunta, señor. Si es como buen compañero, no, pues creo que no le gusto mucho desde el dÃa en el que cometà la tonterÃa, tras una pequeña querella que tuvimos entre los dos, de proponerle que nos detuviéramos diez minutos en la isla de Montecristo para resolver esa querella; propuesta que reconozco que fue equivocada por mi parte, como acertada fue la suya al rechazarla. Si el sentido de su pregunta es como sobrecargo, creo que no tengo nada que decir y que usted estará satisfecho de cómo ha cumplido con su tarea.
—Pero —preguntó el armador—, veamos, Dantès, ¿si usted fuera el capitán del Pharaon, mantendrÃa a Danglars con gusto?
—Capitán o segundo, señor Morrel —respondió Dantès—, tendré siempre la mayor consideración por quienes tengan la confianza de mis armadores.
—Vamos, vamos, Dantès, veo que es usted un buen muchacho en todos los sentidos. No quiero retenerle más; vaya, pues ya veo que está sobre ascuas.
—¿Tengo entonces ese permiso? —preguntó Dantès.
—Vaya, le digo.
—¿Me permite que coja su bote?
—Cójalo.
—Adiós, señor Morrel y mil veces gracias.
—Adiós, mi querido Edmond, ¡buena suerte!