El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Sin su capitán! —exclamó Dantès con los ojos brillantes de alegrÃa—. Mire usted bien lo que dice, señor, pues acaba usted de dar respuesta a las más secretas esperanzas de mi corazón. ¿Acaso es su intención nombrarme capitán del Pharaon?
—Si fuera sólo yo, le estrecharÃa la mano, mi querido Dantès, y le dirÃa: «eso está hecho». Pero tengo un socio, y ya conoce usted el proverbio latino: Che a compagne a padrone. Pero la mitad del trabajo está hecho, al menos, puesto que de dos votos ya tiene usted uno. ConfÃe en mà para obtener el otro y yo haré todo lo que pueda.
—¡Oh! Señor Morrel —exclamó el joven marino, cogiendo las manos del armador con lágrimas en los ojos—; señor Morrel, se lo agradezco, en nombre de mi padre y de Mercedes.
—Está bien, está bien, Edmond, hay un Dios en el Cielo para las buenas personas, ¡qué diablos! Vaya usted a ver a su padre, a ver a Mercedes, y vuelva a verme después.
—¿Pero no quiere que le lleve a tierra?
—No, gracias; me quedo para arreglar cuentas con Danglars. ¿Ha estado usted satisfecho de él durante el viaje?