El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—No, señor; tengo toda mi nómina del viaje, es decir, cerca de tres meses de sueldo.

—Es usted un muchacho formal, Edmond.

—Añada usted que tengo un padre pobre, señor Morrel.

—Sí, sí, ya sé que es usted un buen hijo. Vaya, pues, a ver a su padre; yo también tengo un hijo, y odiaría a quien después de un viaje de tres meses, le retuviera lejos de mí.

—Entonces, ¿me permite? —dijo el joven despidiéndose.

—Sí, si no tiene usted nada más que decirme.

—No.

—¿El capitán Leclère no le dio, al morir, una carta para mí?

—Le hubiera sido imposible escribirla, señor; pero eso me recuerda que tendré que pedirle un permiso de quince días.

—¿Para casarse?

—Primeramente, sí; después, para ir a París.

—¡Bueno!, ¡bueno! Se tomará usted el tiempo que desee, Dantès; descargar el buque nos llevará unas seis semanas, y no embarcaremos antes de tres meses… Solamente que, dentro de tres meses, tendrá usted que estar aquí. El Pharaon —continuó el armador con una palmada en el hombro del joven marino—, no podría zarpar sin su capitán.


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