El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Mi padre es orgulloso, señor, y aunque le faltara de todo, dudo que pidiera algo a alguien, excepto a Dios.

—Y bien, después de esa primera visita, contamos con usted.

—Discúlpeme de nuevo, señor Morrel; pero después de esa primera visita tengo una segunda que no me preocupa menos que la primera.

—¡Ah! Es cierto, Dantès; olvidaba que hay en Les Catalans alguien que debe esperarle con no menos impaciencia que su padre de usted; la bella Mercedes.

Dantès sonrió.

—¡Ah!, ¡ah! —dijo el armador—. No me extraña que la joven haya venido tres veces a preguntar por el Pharaon. ¡Pestes! Edmond, no es usted digno de lástima, ¡vaya una guapa amante que tiene usted!

—No es mi amante, señor —dijo seriamente el joven marino—; es mi prometida.

—A veces se es ambas cosas —dijo el armador riendo.

—No para nosotros, señor —respondió Dantès.

—Vamos, vamos, mi querido Edmond —continuó el armador—, que no quiero retenerle; demasiado bien ha llevado usted mis asuntos como para que no le deje yo todo su tiempo para llevar a cabo los suyos. ¿Necesita usted dinero?


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