El Conde de Montecristo

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—Y bien, mi querido Dantès, ¿ya está usted libre? —preguntó el armador.

—Sí, señor.

—La cosa no ha sido larga.

—No, di al aduanero la lista de nuestras mercancías; y en cuanto a la Oficina de Sanidad, enviaron con el práctico a un hombre a quien entregué nuestros papeles.

—¿Entonces ya no tiene usted nada más que hacer aquí?

Dantés echó una rápida ojeada a su alrededor.

—No, todo está en orden —dijo.

—¿Entonces podrá usted venir a comer con nosotros?

—Discúlpeme, señor Morrel, discúlpeme, se lo ruego, pero debo a mi padre la primera visita. No por eso dejo de agradecerle el honor que usted me hace.

—Es justo, Dantès, es justo. Ya sé que es usted un buen hijo.

—¿Y… —preguntó Dantès con cierta duda—, mi padre está bien de salud, que usted sepa?

—Pues creo que sí, mi querido Edmond, aunque no le he visto.

—Sí, se queda demasiado encerrado en su casa.

—Al menos eso prueba de que no le falta de nada cuando usted está ausente.

Dantès sonrió.


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