El Conde de Montecristo

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—Dantès sí ha cumplido con el suyo —respondió el armador—, y no hay nada más que decir. Era el capitán Leclère quien le había ordenado esa escala.

—A propósito del capitán Leclère, ¿no os ha remitido una carta suya?

—¿Quién?

—Dantès.

—¡A mí, no! ¿Es que tenía una carta?

—Yo creía que, además del paquete, el capitán Leclère le había confiado una carta.

—¿De qué paquete habla usted, Danglars?

—¡Pues del que Dantès depositó al pasar por Portoferraio!

—¿Cómo sabe usted que había un paquete que depositar en Portoferraio?

Danglars se sonrojó.

—Yo pasaba por delante de la puerta del capitán que estaba entreabierta, y vi que entregaba ese paquete y esa carta a Dantès.

—No me ha dicho nada —dijo el armador—; pero si existe esa carta, me la entregará.

Danglars reflexionó un instante.

—Entonces, señor Morrel, se lo ruego, no hable de esto con Dantès; me habré equivocado.

En ese momento el joven volvía; Danglars se alejó.


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