El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Vaya, señor —dijo el rey—, y si yo os olvidara —la memoria de los reyes es corta—, no tema en apelar a mi recuerdo… Señor barón, dé la orden de que vayan a buscar al ministro de la Guerra. Blacas, quédese.

—¡Ah! Señor —dijo el ministro de la Policía a Villefort al salir de las Tullerías—, usted entra por la puerta grande y su fortuna está asegurada.

—¿Y será larga? —murmuró Villefort saludando al ministro, cuya carrera estaba acabada, y buscando con la mirada un coche para ir a su casa.

Un coche de alquiler pasaba por el muelle, Villefort le hizo una señal, el coche se acercó; Villefort dio la dirección y se sentó en el fondo del coche, dejándose llevar por sus sueños de ambición.

Diez minutos después Villefort estaba ya en el hotel; pidió que los caballos estuviesen preparados para dentro de dos horas, y ordenó que le sirviesen el almuerzo.

Iba a sentarse a la mesa cuando el timbre de la puerta sonó bajo una mano franca y firme; el ayuda de cámara fue a abrir y Villefort oyó una voz que pronunciaba su nombre.

«¿Quién puede saber ya que estoy aquí?», se preguntó el joven.

En ese momento, el ayuda de cámara entró.


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